PAPÁ CIERVO

Josh limpiaba su rifle con cautela, aquel rifle que le regalara su padre. Era un precioso rifle negro para caza mayor. Su abuelo había sido cazador, su padre había sido cazador y sus hijos también lo serían; ahora lo era él.

Le sacaba brillo al guardamanos, donde tenía su nombre y el de su padre grabados; fue un regalo que le hizo el hombre un tiempo antes de morir. Le sacaba brillo porque esa misma tarde iría de cacería, había quedado con la colla para cazar ciervos. Se había preparado unos cebos y unos emparedados, carne y algunas bebidas y lo había dejado todo en unas bolsas junto a la puerta. Josh estaba divorciado, por lo que ahora le tocaba a él prepararse las cosas antes de irse de caza. Sus dos hijos, de seis y nueve años, vivían con su exmujer y Josh le pasaba una pensión que le dejaba con lo justo para el alquiler, comida, bebida y balas.

Se metió en la habitación, se puso su chaqueta militar, pantalón naranja y chaleco marrón. Se ató las botas y salió de nuevo al salón a seguir limpiando el rifle; cuando lo vio lo suficientemente limpio lo introdujo en su funda y salió al porche, abrió el maletero del todoterreno y lo metió allí. Luego entró en casa, cogió las bolsas y las metió también en el maletero. Cerró la puerta de casa, se subió al todoterreno y se fue.

Llegó al punto de encuentro el primero, como siempre. Eran las 6:35 de la mañana y estaba en una caseta de madera situada en una explanada donde acababa el bosque y al lado de un río. Había descargado todo lo del maletero y tenía un poco de apetito por lo que se dispuso a hacer una hoguera para cocinar un poco de carne a la brasa. Había leña seca dentro de la caseta y una parrilla, cogió un poco de leña y encendió un fuego. Con las primeras brasas llegó Rob, él era el más mayor de la colla, poco más joven que el padre de Josh.

Comieron un poco y con los primeros bocados apareció Harry, informando que el cuarto integrante no iba a venir, se conoce que se levantó con vértigos. Por lo tanto, ya estaban todos, era una colla pequeña; una colla de exmilitares retirados de Afganistán.

Los cuatro habían servido durante varios años en aquel país. El que más años sirvió fue Rob, quien alcanzó el rango de sargento; después Josh, quien estuvo seis años ahí y llegó a ser soldado de primera clase. Se enteró en Kabul del fallecimiento de su padre; pero no pudo despedirse.

Ninguno de los integrantes del grupo tuvo algún tipo de remordimiento mientras estaban en Afganistán, simplemente hicieron su trabajo sin pensarlo demasiado, durmiendo cada noche a pierna suelta. Ahora era como si el remordimiento y la culpa del pasado cogieran forma y se acumularan en los rincones, junto al polvo. A menudo se levantaban con pesadillas y tenían brotes psicóticos.

A todos les habían quedado secuelas de su servicio en aquellas tierras. Rob estaba loco, aunque no más que Harry, ni menos que Josh. Un par de años atrás Rob había matado a un hombre que le debía dinero por unas gallinas: le disparó en el pecho con una escopeta y Harry y Josh le ayudaron a cargar el cuerpo y a enterrarlo en el bosque. Cavaron un hoyo, metieron al muerto dentro y llenaron el hoyo de cal viva antes de taparlo. Era un secreto que tenían los tres, un secreto convertido en un vínculo que los tenía atados de por vida.

Almorzaron y bebieron un poco de vino y con la barriga llena fueron a mirar los cebos que habían dejado días antes. Josh iba equipado con su rifle y, además, llevaba un pañuelo mojado en orina de hembra de ciervo en celo, supongo que no hay mejor reclamo que eso. Rob y Harry llevaban también buenos rifles; Rob, además, llevaba cuernos de ciervo para batirlos uno contra el otro y Harry un espray no tan efectivo como la orina de hembra en celo, pero efectivo al fin y al cabo.

Por el camino había pisadas y a unos cincuenta metros de la caseta empezaron a seguir el rastro. Conducían directamente a unos arbustos donde pusieron los cebos la vez pasada, hacía unos días. Les habían puesto maíz, zanahorias, manzanas y remolacha de azúcar. Los ciervos se habían comido todo, menos las zanahorias. Colocaron más maíz, manzanas y remolacha y continuaron. Las huellas daban al río y ahí encontraron huellas nuevas; podía ser un buen día, por lo que decidieron irse cada uno a su posición estratégica asignada.

La mejor posición siempre iba rotando y esta vez le tocaba a Josh. Era al otro lado del río, con bosque a un lado y la gran explanada con algunos matorrales por el otro. Podía ver la caseta, el todoterreno y el coche de Rob y el de Harry al otro lado del río. Sacó un paquete de cervezas y una cajetilla de cigarrillos y esperó, rifle en mano, rifle en hombro, rifle en espalda y rifle en mano, otra vez, a que apareciera algún ciervo.

Había dejado el pañuelo con orina de hembra en celo colgado en un árbol al otro lado del río: solo era cuestión de tiempo, sabía que vendrían, había dejado un pañuelo en ese mismo árbol otras veces y nunca se había ido sin la presa. Podía permitirse el lujo de beberse unas cervezas y fumarse unos cigarrillos. Josh abrió la primera botella de cerveza con los dientes y se bebió la mitad de un trago, encendió un cigarrillo y esperó.

A la tercera cerveza se empezaron a escuchar ciervos berreando y un ciervo joven se acercaba por la explanada: se dirigía con paso ligero hacia el río. Josh cogió el rifle y se puso en posición. Comunicó por el walkie a Rob y a Harry que tenía una pieza a tiro.

Esperó a que el ciervo se acercara más. Cada vez se escuchaban más berridos y otros ciervos se acercaban, tímidos, por la explanada, pero el primero ya estaba llegando al río y se dirigía berreando al árbol donde Josh había dejado el pañuelo colgado.

Josh cerró el ojo izquierdo y apretó el gatillo. El ciervo se había levantado sobre las patas traseras, justo en ese momento, para berrearle al árbol. Lo hirió en una de las patas delanteras. El ciervo berreó más alto y salió corriendo, pero se iba tropezando, cayéndose al suelo y volviéndose a levantar. Josh hizo un segundo disparo y falló. No había fallado un disparo en cinco años.

Apretó el botón del walkie:

—¡Mierda, joder!, ¡fallé! ¡Se dirige a la caseta, repito, se dirige a la caseta!

Josh se echó el rifle al hombro y fue corriendo a cruzar el puente: podía ver al ciervo cojeando y cayéndose mientras intentaba dirigirse hacia el bosque. Harry salió de su posición entre los árboles y Rob, que estaba tumbado en la explanada, se incorporó. Harry hizo un tercer disparo que alcanzó al animal en el muslo trasero. Josh empuñó el arma de nuevo y cerró el ojo izquierdo, pero el ciervo ya no estaba.

—En el bosque, ¡Se ha metido en el bosque! —se escuchó a Rob por el walkie. Era un animal listo, y el ciervo también.

Rob estaba a cien metros y Harry a cincuenta. Josh fue el primero en adentrarse en el bosque. Siguió el rastro de la sangre, y de las ramas y matorrales pisoteados; se tiró cinco minutos siguiendo sangre y pisadas hasta que lo encontró. Josh empuñó el rifle de nuevo y cerró el ojo izquierdo con el dedo puesto en el gatillo.

Estaba sangrando, acurrucado detrás de unos matorrales. Sus ojos eran color miel, tenía pestañas, unas largas pestañas y una mirada profunda; tenía rota la articulación de la pata delantera derecha y una gran herida en el muslo. Parecía estar desangrándose, pero tenía una mirada tranquila, como si la cosa no fuera con él; era astuto y tenía un corazón de piedra del que no pueden estar dotados muchos seres. Conocía bien esa mirada, ERA SU PADRE, aquel animal era su padre reencarnado en ciervo. Esto fue lo primero que a Josh le vino a la mente.

Se quedó a solas con el ciervo, que parecía no inmutarse demasiado por su presencia. En eso Josh estaba en lo cierto.

Bajó el arma y lo miró intentando buscar complicidad en aquellos ojos, y la encontró. Se acercó un poco, mostrándole el rifle con las manos extendidas:

—Mira, papá, nuestro rifle.

El animal echó varios pasos hacia atrás hasta darse contra un árbol y agacharse allí, dispuesto a embestir si Josh daba un solo paso más. Rob y Harry le hablaban por el walkie, pero Josh no contestaba, se encontraba estupefacto observando al animal.

—Padre, te hemos herido; lo siento, no sabíamos que eras tú. No te preocupes, yo te curaré.

Josh se acercó más al ciervo y este intentó embestir, pero una herida en cada pata le hacía tener movilidad reducida y no pudo lograrlo al Josh echar dos pasos hacia atrás. Este volvió a empuñar el arma.

—Vamos, papá, pórtate bien, no me obligues a dispararte otra vez.

Josh miraba ahora al ciervo por la mirilla, sin bajar el rifle, mientras se acercaba a paso lento. Rob y Harry seguían llamándolo por el walkie, pero Josh hacía caso omiso. El animal retrocedió, debía saber lo que era un rifle.

—Muy bien, papá, así me gusta, estate quietecito.

Josh quitó el ojo de la mirilla, pero seguía empuñando el arma mientras se acercaba. El ciervo, al verse acorralado, atacó de nuevo; pero esta vez con éxito ya que el hombre estaba más cerca. Embistió a Josh, tirándolo al suelo y huyó hacia la explanada. Josh se levantó ileso, casi milagrosamente, y fue corriendo tras él. Ahora fue él el que apretó el botón del walkie para hablar:

—No lo matéis, repito, no lo matéis, ¡NI SE OS OCURRA!

La voz de Josh se escuchaba temblorosa y jadeante al otro lado del walkie. Rob y Harry, que iban juntos adentrándose en el bosque, se miraron incrédulos y tuvieron que apartarse casi de un salto cuando el animal apareció frente a ellos. Detrás iba Josh con el rifle en el hombro, corriendo frenético.

—Josh, ¿qué pasa? —preguntó Rob.
—Es mi padre, es Josef, se ha reencarnado en ese ciervo, hay que atraparlo con vida, ¡vamos!

Los dos hombres se miraron de nuevo y tardaron en reaccionar, Josh les sacaba ya unos metros de distancia.

—¿Qué hacemos? —preguntó Harry.
—No sé, síguele el rollo, a ver hasta dónde llega. —No sabían realmente hasta donde iba a llegar.

El padre de Josh seguía corriendo y cayéndose y levantándose y el hijo lo perseguía sin cesar, estaba totalmente obcecado. El ciervo llegó a la explanada y parecía tener la intención de adentrarse para reunirse con otros ciervos de la manada, pero estaba muy malherido y tenía grandes dificultades para seguir. Finalmente, pasados unos metros más allá de la caseta, se rindió cerca de un arbusto; Josh lo iba siguiendo.

Llegó junto al ciervo, que se giró y se puso en posición de defensa: sabía que el hombre lo perseguía. Josh se comunicó por el walkie con sus compañeros:

—Rápido, daos prisa, hay que idear un plan, una estrategia, se está desangrando, ¡mi padre se está desangrando!

Rob y Harry contestaron con silbidos porque venían justo detrás y Josh empezó a hacer señales con los brazos para que se apresuraran, pero Rob y Harry no parecían tener mucha prisa, más bien curiosidad.

—Bueno, a ver, primero hay que pensar —continuó Josh hablando en voz alta mientras andaba en círculos—. Hay que curarlo, sí, hay que curarlo primero, se está desangrando, luego seguiremos con el plan. ¡Rápido, chicos, hay que curarle esas heridas! ¡Harry!, ve a la caseta y coge vendas, medicinas y la cuerda de nylon: habrá que atarle esos cuernos porque se cabrea; siempre tuvo muy mala leche y nunca se dejó ayudar. Rob, tú te quedarás vigilándolo, yo voy a acercar aquí el todoterreno.

Rob y Harry se quedaron ahí de pie, mirándose, mirando a Josh, mirando al ciervo, al todoterreno, a la caseta…

—Vamos, Harry, ¿a qué esperas? No te quedes ahí mirando como un pasmarote, ¡es una situación crítica! —dijo Josh mientras se dirigía al todoterreno.

Harry y Rob tuvieron una mirada de complicidad, Rob asintió y Harry se marchó hacia la caseta. Josh en dos minutos tenía el todoterreno a unos metros del ciervo, que había retrocedido unos pasos ante el ruido del motor.

—¡Joder! ¡Cómo tarda este chico! ¿No se da cuenta de que está desangrándose? ¡Vamos, hostia, Harry!, ¡date prisa! —decía Josh para sí mismo, en voz alta.
—Josh, ¿qué pasa con el ciervo? ¿Qué te ha dado? —preguntó Rob, aprovechando la oportunidad de estar a solas con él.
—¿Es qué no lo ves, Rob? ¡Es mi padre! ¡Es Josef! ¡Míralo!

Rob miró al animal, tenía la mirada tranquila, pero le temblaban las patas y el pecho y, desde luego, no se parecía en nada a Josef. En ese momento volvía Harry con la cuerda, las vendas, esparadrapo y alcohol de quemar, todo metido en una bolsa. Harry miró a Rob y esta vez la mirada era diferente: no la supo interpretar.

—Bien, Harry, trae —dijo Josh mientras le arrebataba la bolsa de las manos— ¡Venga!, le ataremos los cuernos entre los tres y luego yo le curaré las heridas y se las vendaré, luego ya pensaremos el siguiente paso. Las cosas se tienen que hacer así, rápido y por pasos, como en el ejército, ¿recordáis?

Harry miró a Rob con cara de incredulidad, él lo supo interpretar; pero Harry seguía sin interpretar las caras de Rob (porque puso varias), así que tuvo que hacerle un gesto giratorio con el dedo índice en la sien en un momento en que Josh estaba de espaldas, agachado, curando la herida del muslo al animal.

Ya le habían atado los cuernos con la cuerda y la tenían agarrada, uno por cada extremo; además, la cuerda estaba atada al arbusto, en tensión; aun así el animal se movía, y curarle las heridas fue una labor costosa para Josh. Una labor costosa y dolorosa: acabó con moratones en pecho y brazos, rasguños y cortes por todas partes y una profunda brecha en la cabeza que no paraba de sangrar.

—Bien, chicos, ya está, solo falta meterlo en el coche, yo en casa lo cuidaré.

Harry ya había entendido la situación, para él fue un duro golpe ver a Josh sudando y sangrando, lleno de tierra, fuera de sí, por lo que tardó en reaccionar. Incluso Rob tardó en reaccionar, pero acabaron actuando sin pensar, luego ya tendrían tiempo de pensar, ahora su amigo necesitaba ayuda, aunque los dos coincidieran en que estaba fuera de sí.

Desataron la cuerda del arbusto y se acercaron con cuidado al todoterreno. Josh puso los asientos hacia delante y quitó la bandeja del maletero, luego se puso al otro lado del vehículo y le tiraron la cuerda. El animal se resistía a entrar, era un ciervo joven, pero tenía mucha fuerza, o quizá fuera la adrenalina al verse secuestrado. Cuando Rob y Harry empezaron a sudar y Josh estaba ya empapado consiguieron meter al ciervo en el todoterreno.

—Bien, no lo desatéis todavía, habrá que atarle esos cuernos a la parte de atrás del coche, ¿no querréis que me arranque una oreja, verdad, chicos?
—Claro que no, amigo mío. Lo ataremos, ¿verdad, Harry?
—Por supuesto. ¡Faltaría más!

Se pusieron a atar al animal como pudieron mientras este berreaba e intentaba resistirse; tardaron más en decidir cuál era la mejor manera de atarlo que en hacerlo. Cuando Josh se aseguró de que el ciervo estaba bien sujeto se despidió de sus compinches y se puso al volante del todoterreno. Ellos se quedaron boquiabiertos viendo como Josh salía derrapando con su cicatriz en la cabeza, que le hacía caer un riachuelo de sangre por la frente y el rostro. Se quedaron un par de minutos ahí, plantados, mirando el camino por donde se había ido el todoterreno.

—¿Crees que piensa que es Josef realmente? —preguntó Harry.
—No, se le pasará.
—O sea que sí que lo piensa, pero se le pasará.
—Muy probablemente. Dejamos los demás Josefs para otro día, ¿verdad?
—Mejor.

Los dos volvieron a la caseta entre risas e incredulidad.

Josh iba por la autopista y el ciervo emitía todo tipo de sonidos: berridos, gruñidos, gemidos, ronquidos, alaridos y suspiros. Josh se estaba volviendo loco, ¿o ya lo estaba?

—¿Te quieres callar, papá? ¡Así no hay quien conduzca!

Subió el volumen y pisó el acelerador: estaba doblando casi la velocidad permitida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *