PREGÚNTALE AL POLVO

—Esto es instantáneo, tío, es pura tiza —acertó a decir Toñito la primera vez que la probó—. Tira la cara para atrás.

Los jóvenes de un pequeño pueblo costero estaban desquiciados, desquiciados con la tiza peruana. Una cocaína de extrema pureza y gran sabor. Era similar a la tiza del colegio, blanca como la nieve, bañada de lejía y suave como el terciopelo. Los grumos resbalaban en los poyetes de los porches del pueblo como picha en coño joven. Dejaban las repisas brillantes, manchadas de grasa, y las narices relucían y goteaban purpurina. Las bolsas vacías poblaban los suelos de los callejones y el cien por cien de los billetes en circulación estaban impregnados por la sustancia, visible solo a la luz ultravioleta. El veinte por ciento tenían también sangre.

Los chavales eran calaveras andantes, caras llenas de huesos y ojos en crisis, ojos vacíos, solo dispuestos a llenarse de ira o de lágrimas en alguna ocasión, o en muchas ocasiones. Familias destrozadas, sobre todo abuelas, ellas no entienden de estos asuntos. Corazones rotos y carteras y joyeros vacíos. Pucheros y platos llenos, comida en descomposición.

Pocos se escapaban, eran muy jóvenes para decidir por ellos mismos, para no dejarse llevar por las masas, para no ser tragados por la marea, la marea blanca.

Era una pasta similar a goma de mascar cuando se humedecía. Nada más esnifarla ya estaba haciendo efecto, estiraba las mejillas de las caras hacia atrás y hacía salir los ojos de las órbitas, efecto sapo. Secaba labios, garganta y paladar y humedecía ojos. Producía una gustera general en quien la consumía, y una angustia total a quien veía consumirla.

Todas las noches de fin de semana podía respirarse en el aire el aroma de la tiza, literalmente. Era entrar en un bar o pasar por un callejón y sentirlo, el aroma de la droga, flotando en el aire. Desprendía un fuerte olor, un olor característico. Olía a órgano sexual femenino mezclado con queroseno, un olor realmente adictivo.

Los más mayores se libraban, algunos. Los jóvenes estaban perdidos. Venía gente al pueblo de todas partes de Galicia y del resto del país en busca de la preciada sustancia. A la gente de fuera se le solía cobrar hasta cien euros por un solo gramo, el doble de lo habitual. Lo quieres o lo dejas, chico, tú mismo, esto te va a durar tres días.

Uno de los jóvenes del pueblo había tenido que huir debido a una gran deuda y se ganaba la vida vendiendo tiza. Vivía en Madrid, en una furgoneta, y vendía el gramo a ciento veinte euros. Le salía a treinta y nueve cogiendo diez. Bajaba cada tres o cuatro días en la vieja furgoneta para reponer y de paso iba saldando parte de la deuda, quizá algún día pudiese volver, aunque en Madrid estaban muy contentos con él.

Era un negocio redondo, a pequeña, mediana y gran escala, no había otra forma más fácil de conseguir mucho dinero en poco tiempo. Aunque también tenía sus riesgos, los chavales del pueblo entraban y salían de la cárcel y de los hospitales con elevada frecuencia. En realidad, no se daban cuenta de dónde entraban y salían, la tiza estaba absorbiendo sus almas. Solo tenían esperanza de salir para volver a encontrarse con lo que les había llevado allí.

Dentro de la juventud había diferentes grupos: los yonquis más pordioseros, los yonquis más señoritos, los que estaban a punto de convertirse en yonquis, y los que vendían. Los que vendían estaban más lejos de convertirse en yonquis excepto Toñito, quien movía un cuarto de kilo cada semana y era capaz de esnifarse diez gramos en un solo día.

En el veinte cumpleaños del muchacho invitó a sus amigos e hizo una fiesta en el colegio abandonado del pueblo. Ventanas y puertas rotas, muros derribados y hierba de dos metros en el patio del recreo hacían prevenir lo que se avecinaba.

La fiesta duró tres días y se agotó el cuarto de kilo, Toñito correría con los gastos, casi nueve mil euros. Solo por esa vez, no se cumplen veinte años todos los días. Él era el mayor de sus amigos y los muchachos lo idolatraban. La mayoría tenían dieciocho y algunos eran menores.

En un momento de la segunda noche Toñito hacía de profesor y algunos de los chavales del pueblo ocupaban los pupitres de los alumnos. Todavía estaban llenas las aulas con todo el material, esperando a que el hierro de las sillas se oxidase y la madera de las mesas se pudriese antes de desvanecerse entre el polvo del aire.

Toñito, de pie en la pizarra, con diez gramos de tiza en la mano

—Bien, muchachos, gracias a todos por venir en primer lugar.
—¡Vamos, Toñito!
—¡Toñito! ¡Toñito!
—Bien, bien, paremos la fiesta un momento, ahora quiero enseñaros algo, algo que nunca debéis olvidar.

Toñito iba puesto hasta los topes. Se giró hacia la pizarra y comenzó a dibujar algo con el trozo de tiza mientras esta se desvanecía dejando trazos blancos sobre la pizarra y empolvando el suelo a sus pies. Era un árbol con algo en las ramas.

—Bien. ¿Alguien sabe qué es esto?
—Es un árbol —dijo alguien.
—¡Correcto! —Se acercó al chico y lanzó una pequeña roca de cocaína en su mesa; ¿pero qué árbol?
—¿Un carballo? —contestó el chico. Toñito negaba con la cabeza.
—Un eucalipto —dijo otro de los muchachos: tampoco era la respuesta.
—Bien, ya que veo que no os sabéis la lección, voy a decirlo yo. Este es el árbol de la vida. No debéis dejar que os consuma, debéis consumirla vosotros a ella.

Entonces Toñito se giró hacia la pizarra y empezó a esnifarse el árbol. El público contemplaba atónito la escena, nunca habían visto a nadie esnifando en vertical, luego echaron a reír. Toñito pensó que no habían comprendido nada, cogió otro cacho de tiza del paquete y se puso a dibujar de nuevo: era una pesa.

—¿Y esto? ¿Qué es esto?
—Una pesa —dijo el chico del carballo.
—Muy bien, correcto —se acercó y volcó otra gran roca en su mesa, se le estaba acumulando— ¿Y alguien podría decirme qué simboliza?
—La fuerza —dijo otro.
—La fuerza, exacto, pero la respuesta correcta sería: la fuerza que hay que tener para comerse la vida.

Entonces se giró eufórico y esnifó también la pesa de la pizarra. Siguió dibujando, esta vez con una piedra más grande: era una balanza.

—Bien, y esto, ¿qué simboliza esto? Eh, ahora que veo que vais pillando de qué va el tema, eh, ¿qué significa esto? Eh, eh, ¿qué significa? Eh.
—Eso es una balanza —dijo el del eucalipto.
—Una balanza, bien, muy bien, ¿y que representa? Eh, eh, ¿qué representa?

El chico se quedó pensativo, como intentando hallar la respuesta.

—Qué va a ser una balanza, hombre, eso es una báscula —dijo otro.
—¿Una báscula? —preguntó Toñito, con dificultad. Estaba empezando a movérsele la mandíbula demasiado y se le hacía difícil articular palabra.
—Sí, joder, para pesar la fariña.

Toñito lo miró con ojos de sapo, alzó los brazos y pegó un fuerte grito; luego cogió el paquete, antes de pasar por todas las mesas repartiendo puñados. Cuando repartió el último puñado dijo:

—Os lo habéis ganado. La clase ha terminado, estáis todos aprobados —y volvió a gritar. Gritaron con él.

Entonces se acercó a la mesa del profesor y le dio al play en el radio casete. Volvió a sonar la música y todos se levantaron de sus pupitres para seguir con la fiesta. A Toñito le palpitaba la yugular y el párpado derecho, y una gota de sudor frío recorría su frente hasta engrasar sus cejas. Dejó la balanza pintada en la pizarra, estaba rozando la sobredosis. El chico del carballo solicitó ayuda a sus compañeros, tenía por lo menos veinte gramos encima del pupitre.

Si paseabas por el colegio y entrabas en otras aulas había rayas hechas por todas partes, incluso al día siguiente. Algunos de los chicos que estuvieron en la fiesta, y otros que no, fueron al colegio los días posteriores y se hartaron. Seguía habiendo rayas hechas y piedras de cocaína por todas partes. Acabaron prácticamente barriendo el suelo de delante de la pizarra, y esnifándose la balanza, que todavía estaba ahí dibujada, pero no hicieron como Toñito, la rascaron con cuidado y la esnifaron en horizontal, y entre cinco o seis. Estuvieron unas dos semanas yendo al colegio hasta que acabaron esnifando más polvo que coca.

Corrió la voz por el pueblo de la gran fiesta que había montado Toñito, ¡y como estaba la tiza peruana! Dios, la tiza peruana… pero Toñito tenía que recuperarse de aquello, nueve mil euros eran muchos euros, así que empezó a cortarla. Empezó a cortar aquella mágica sustancia traída del mismísimo Pumayacu, en Perú, de las altas montañas, a cientos de metros de altitud, pasada por un proceso químico, casi industrial, que la transformaba en polvo añadiéndole mierda; Toñito añadía más. La gente no parecía darse cuenta, era mejor que el polvo. Cierto es que tenía de dos tipos, la tiza peruana original y la que estaba cortada, que era la mayoría. La otra la reservaba para su consumo y para vender a sus más allegados y mejores clientes, aquellos de hocico fino, aquellos que podrían detectar el fraude de mancillar tan preciada sustancia.

La gente empezó a morir de sobredosis, murieron dos. A uno de los chicos también le dio una sobredosis en la famosa fiesta, pero logró sobrevivir. Estos dos no habían corrido la misma suerte y habían muerto los dos el mismo fin de semana. Salió en todos los periódicos e incluso en la televisión, la gente hablaba de ello en los bares y también por la calle y en las puertas de las casas: míralos, esos son los que matan a nuestros hijos. Lo que no sabían es que también ellos se estaban suicidando.

El negocio no marchaba tan bien como podría, demasiados ojos avizores, demasiada policía. Allí donde hay dos o tres patrullas dando vueltas es demasiada policía. Redadas en los callejones y en los bares y parones aleatorios a pie y en carretera, la tiza tenía que aparecer. ¿Quién la tenía? ¿De dónde salía? Toñito conocía la respuesta, algunos policías también.

Pero a Toñito se le complicaban las cosas con la tiza. Le habían subido el precio dos puntos y tenía serias dificultades para reunirse con su distribuidor, pero necesitaba la tiza, era la única cocaína que estaba dispuesto a comprar. Además, le estaba subiendo el nivel de ansiedad, no le dejaban en paz. Sus cuatro teléfonos no paraban de sonar, igual que el timbre de su casa. Lo paraban por la calle, le chillaban y lo perseguían corriendo:

—¿Dónde está la tiza, Toñito? —pero Toñito parecía no saber nada del tema, ya no vivía en el mismo sitio ni frecuentaba los mismos lugares, ahora se comportaba de manera más esquiva y desconfiada. Ahora era él quien estaba en busca de la tiza, más que ningún otro de sus clientes, pero eso ellos no lo sabían.

Su contacto había desaparecido. Toñito sabía dónde había un par de fardos de tiza y aunque era una misión arriesgada ir a por ellos, no tenía opción, la tiza le llamaba. Era en una casa, sita en las Rías Baixas, un chalé al norte de la provincia de Pontevedra. El problema era que la casa tenía vigilancia continua ya que dentro residía un individuo que custodiaba la mercancía, además, podía apreciarse un notorio movimiento de vehículos por la zona. Era una operación difícil, no tenía pensado comprarla.

Llevaba dos días en una pensión de la zona junto a dos de sus hombres de confianza, expertos yonquis de veinte años que harían cualquier cosa por una dosis. Vigilaron la zona y la casa día y noche mientras urdían el plan. Debían hacerlo rápido, era un canteo que tres chicos del norte estuvieran por allí.

Un martes nueve de octubre los dos secuaces de Toñito irrumpieron en el chalé con una nueve milímetros cada uno y un gran síndrome de abstinencia. Maniataron, amordazaron y torturaron al inquilino, que no tardó más de media hora en cantar. La tiza estaba en el sótano, dentro de unas bolsas de congelados que estaban metidas en un frigorífico que no funcionaba.

Dejaron al tipo atado arriba y bajaron los dos corriendo al sótano, agarrándose las camisas, cogiéndose de los brazos, haciéndose zancadillas y dándose codazos mientras intentaban convencerse el uno al otro de no correr.

Llegaron abajo, jadeando exhaustos. Los cuatro ojos buscaban desesperados una nevera. Allí estaba, una gran nevera horizontal, parecía un congelador. Fueron corriendo hacia ella y la abrieron entre los dos. Allí había varias bolsas. Las sacaron y empezaron a abrirlas con manos torpes, las bolsas se resbalaban y se caían al suelo y los dedos temblorosos no acertaban a coordinar el movimiento necesario para abrir las cremalleras de las bolsas. Tardaron diez minutos en hacer el trabajo que se habría hecho en segundos en otras condiciones. Toñito esperaba en el coche a dos manzanas del chalé, mordiéndose los dedos: se había quedado sin uñas.

Localizaron la bolsa. Uno de los chicos sacó una navaja del bolsillo y la clavó en uno de los paquetes, salió blanca. Acto seguido se la acercó a la nariz y esnifó. Era la tiza, su cara hacia atrás lo confirmaba. El otro chico le arrebató el paquete de las manos y hundió los dedos en la grieta provocada por la navaja. La grieta se hizo más grande y sacó una pequeña montañita de tiza que fue directa a su nariz. El primero volvió a coger el paquete y a hundir en él la navaja, y así se tiraron cinco minutos antes de salir con los ojos fuera de las órbitas y la cara hacia atrás. Era como si les estuviesen dando en las caras con un secador.

Subieron exhaustos al piso de arriba con la bolsa a la espalda, dentro había cuatro paquetes precintados y uno que iba vertiendo polvo. Llegaron arriba y el tipo estaba en el suelo, parecía no moverse. Se acercaron y no respiraba. Tenía obstruidas las fosas nasales y había muerto ahogado a causa de la mordaza. Intentaron reanimarlo sin éxito y se dirigieron a la puerta pensando que estaba inconsciente. Antes de salir al exterior Jorge disparó a su compañero por la espalda. Le arrebató la mochila y salió por la puerta.

—¿Y Manuel? —preguntó Toñito cuando Jorge llegó al coche.
—Murió. Las cosas se pusieron feas ahí dentro.
—¿Pero os vio alguien?
—No, no, qué va.
—De acuerdo.

Toñito no hizo más preguntas; al fin y al cabo, la tiza estaba ahí y eran menos a repartir. Todo había salido bien. Emprendieron el camino de vuelta al pueblo, sumidos en el silencio que reinaba en el vehículo. Toñito paró en un área de servicio para comprobar la mercancía y cerciorarse de que era tiza. Y así era, aunque se encolerizó al ver uno de los paquetes abierto y la mochila blanca.

—¿Tú eres subnormal o qué? ¿Qué cojones hace un paquete abierto?
—Joder, era para asegurarnos. Imagínate que te traigo anfetas. O peor aún, corte.
—¡Me cago en Dios! ¡Me cago en Dios!

Toñito se metió en el coche de nuevo y emprendió la marcha mientras seguía maldiciendo a su compañero.

—¿Es que eres subnormal? ¿Tú sabes lo que vale eso?
—Joder, Toñito, ya está, déjalo ya.
—¿Que lo deje? Cuarenta mil euros, pedazo de imbécil. Despídete de tus ganancias, te quedarás ese paquete y punto.
—Y una mierda.
—¡Dos mierdas!

Se miraron. Estaban coléricos, llenos de ira y resentimiento. La tensión podía cortarse con el dedo.

—Me quedaré ese y otro sin abrir —dijo, finalmente, Jorge.
—¡Y un huevo! Es a mí a quien matarán si descubren algo. Tú tan solo eres un yonqui encapuchado.
—¡Te digo que me darás dos paquetes!

Era la primera vez que Jorge le hablaba así a Toñito y este se sorprendió sobremanera. La discusión adquirió un tono más y más hostil hasta que llegaron a las manos. Toñito empezó a golpear a su compinche mientras intentaba mantener el control del coche hasta que Jorge, cansado de cubrirse y de gritarle que parara, agarró el volante para mandar el coche a la cuneta antes de dar varias vueltas de campana y caer por un barranco.
Cuando Toñito volvió en sí solo vio un montón de ramas y cristales rotos. El coche era un amasijo de hierros, la puerta no se abría. Miró a su derecha y vio a Jorge inconsciente y lleno de sangre, un río rojo corría por su mejilla izquierda procedente de su oído, se alegró en extremo. Rompió el vidrio del coche y salió. Intentó abrir el maletero para coger la bolsa con los paquetes, pero no se abría, había quedado en mal estado debido al accidente.

Toñito se empezó a poner nervioso. Daba patadas al maletero mientras le sudaban las manos y le temblaba el pectoral izquierdo a causa de los latidos de su corazón. El tiempo era oro y dentro del maletero había oro blanco. Cogió un tronco para golpear más fuerte el maletero y luego una rama dura para hacer palanca, pero no había manera, no se abría. Miró a su alrededor, estaba en medio de ninguna parte, en algún lugar entre Rianxo y Brión. Necesitaba un hacha, una radial, algo, pero a su alrededor no había más que elementos de la naturaleza. Le parecieron inútiles e insuficientes. Sacó la pistola y disparó al cerrojo del maletero, vació dos de los tres cargadores que llevaba. Hizo un agujero donde antes había estado el cerrojo, pero el maletero seguía sin abrirse.

Vino a verlo el peor enemigo de los hombres, el miedo. Un miedo frío recorrió todo su cuerpo, su triste y enfermo cuerpo. La desesperación se estaba apoderando de él, tenía ganas de marcharse, pero sentía la necesidad de quedarse. Era una decisión difícil. Al final optó por marcharse y decidió que volvería después: notaba que el corazón iba a salírsele por la boca. El miedo siempre gana la batalla contra el hombre.

Empezó a andar apresurado bosque a través, no había tiempo que perder, el oro blanco esperaba en el maletero. Llegó a la carretera y volvió al pueblo haciendo autostop. Lo recogió un campesino con una vieja ranchera y sombrero de paja. Lo dejó en una parada de autobuses y estaba en casa antes del atardecer. Debía apresurarse a volver, pronto caería la noche.

Llamó por teléfono a Román, su mejor amigo. Fue a buscarlo al garaje de su abuelo. Allí se equiparon con hachas, linternas, una radial de batería y una pata de cabra. Luego cogieron el coche del abuelo de Román y pusieron rumbo al bosque. El miedo seguía dentro de Toñito y le impedía volver solo a aquel inhóspito lugar.

Localizaron el vehículo poco antes del anochecer. Román encendió la radial y empezó a cortar el maletero con disco de diamante. Las demás herramientas no hicieron falta. Allí estaba la bolsa, la preciada bolsa llena de oro blanco, llena de sangre, llena de muerte. Toñito se lanzó hacia ella, se la echó al hombro y los dos emprendieron el camino de vuelta al coche, que estaba aparcado en la cuneta, cruzado el bosque, a unos quince minutos.

A la una de la noche estaban cada uno en su casa, cada uno en su habitación, en su cama. Román se había llevado la bolsa con el paquete abierto: le pareció suficiente. Abrió la bolsa y sacó el paquete, vertiendo aún algo de polvo. Lo puso encima de la mesa y calculó: algo menos de medio kilo. Sacó el envoltorio para sellarlo de nuevo y lo guardó en el armario; luego miró la bolsa y calculó: cincuenta, sesenta, ochenta gramos, quién sabe… La cogió y volcó su contenido en la mesa. Era una gran montaña, puede que no hubiera calculado tan mal.

La bolsa estaba totalmente impregnada todavía y quedaban pequeñas montañitas ocultas en algunos recovecos del interior. Los cogía con las manos y se los echaba a la nariz, y se ponía la bolsa en la cabeza y respiraba. Aquello tenía un fuerte olor, podían detectarte un par de gramos en el bolsillo si te parabas a charlar un rato. Limpió la bolsa todo lo que pudo y se puso a separar hilos y pelusas de la montaña que había en la mesa. Jamás había tenido tanta cocaína, estaba eufórico, la corriente sanguínea le estaba regando el cerebro y le impedía pensar con claridad. Cogió un cuchillo de carnicero para hacer rayas de punta a punta de la mesa. Murió en la segunda, después de unas fuertes convulsiones y un ataque al corazón que acabó en paro cardíaco.

Mientras tanto Toñito separaba minuciosamente la sustancia en bolsas que contenían cien y cincuenta gramos, y algunas veinte o diez. Se quedó una de diez para esa noche. Las rayas de Toñito no eran tan grandes, conocía bien la materia, la preciada materia que tanto le había costado conseguir esta vez, aunque no sabía todavía el alto precio que le faltaba por pagar. A los dos días apareció muerto en la cocina de su casa con un tiro en la nuca. La tiza seguía cobrándose vidas.

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