ÚLTIMA PÁGINA DEL DIARIO DE UN ADICTO A LA COCAÍNA

Un cigarro consumido en el cenicero y una botella de cerveza a medias,

era raro que dejase una cerveza a medias, pero sería la última vez.

Una bolsa en la báscula, sin cerrar, y polvo alrededor; la mesita de noche manchada de blanco.

El suelo manchado de vino, la tiesa fregona yacía en el cubo, reseca, acartonada; hacía mucho tiempo que nadie la cogía.

El buzón lleno. No cabía una carta más y se iban acumulando fuera, alrededor, nada de lo que hubiese allí dentro tenía la más mínima importancia.

Nada de lo que hubiese fuera de allí podría interesarle tampoco,

porque nada dentro de sí mismo le interesaba.

Solo le interesaba una cosa, y la había logrado, su meta había sido cumplida.

Había tenido éxito en lo más crucial,

¿qué importaba lo demás?

Había decidido su destino, era el dueño de su hado, similar a un dios, nunca nada es tarde para los dioses.

Había conseguido algo que nadie le podría arrebatar jamás.

Él era el arrebatador y el arrebatado.

Echó una última ojeada al entorno:

la mesita manchada de blanco,

y sus muñecas manchadas de rojo;

no volvería a ver la luz del sol.

La negra noche cubrió sus ojos.

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