ENFERMOS DE BATA BLANCA

Tenía que revisarme el aparato: llamé al hospital al que voy habitualmente para pedir cita, no había ni una uróloga, cinco urólogos, todos hombres. Llamé a otro: —no va a pasar nada por cambiar de hospital —pensé; nada, otros cinco o seis urólogos hombres. Llamé a otro y a otro, así hasta hartarme: todos hombres. Así que cogí el teléfono y llamé al colegio de médicos de Barcelona: mis sospechas se confirmaron, había tan solo una uróloga en la provincia por cada cincuenta hombres.

¿Qué estaba pasando? ¿A nadie más le parecía sospechoso? ¿Por qué todos los hospitales estaban llenos de enfermos con batas blancas? Y no me digáis que es normal, imaginaos en clase, de pequeños, cuándo la profesora preguntaba qué querían ser de mayores. Esa gente no quería ser bombero o torero; no, nada de eso, ¡esa gente quería mirar penes!

Al final, por suerte, conseguí cita con una de las pocas urólogas que hay en Barcelona; estoy encantado con ella

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