LA MÁQUINA DEL TIEMPO

El profesor Erving estaba chiflado, completamente loco para un mundo ordinario en el que dedicaba su vida a hacer algo distinto al resto de la humanidad; ni siquiera tenía sexo y a menudo se saltaba comidas. Cuando un hombre está alcanzando la plenitud se olvida hasta de comer.
Dormía una hora al día a lo sumo y trabajaba las otras veintitrés; también se olvidaba de dormir. Trabajaba en su sótano en un proyecto en el que llevaba inmerso años: la máquina del tiempo.

Podían verse sus costillas y los huesos de su cráneo a través de sus mejillas, tenía el pelo áspero y desaliñado y una mente prodigiosa, una de esas mentes que nacen una vez cada dos siglos.

El profesor Erving no tenía amigos; hubo un día en que los tuvo, pero los fue perdiendo a medida que avanzaba en sus investigaciones. No se relacionaba con otros seres humanos más que cuando era estrictamente necesario (cuando tenía que ir al supermercado, a comprar cualquier otra cosa, o cuando asistía a alguna conferencia o reunión), y medía sus palabras hacia otra gente como si le cobrasen por dejarlas salir de su boca. El profesor hablaba solo; es decir, consigo mismo, y a menudo confundía la realidad con la ficción, ¿o la confundimos nosotros?

Sus vecinos decían que era un demente y no le dirigían la palabra ni el saludo siquiera, algo que Erving agradecía profundamente. Le conocían en su barrio como el loco del sótano, porque vivía en un sótano y porque era diferente. Es más fácil señalar con el dedo al que es diferente que preocuparse por conocerlo.

Pero Erving no estaba loco, no tenía ninguna perturbación de sus facultades mentales; al contrario, las tenía demasiado disparadas. Eso era algo que se escapaba a los ojos del resto del mundo y que jamás llegarían a comprender. La gente tiende a prejuzgar y a creerse todo lo que ve y escucha, eso es algo que les evita pensar, y este caso no iba a ser una excepción.

Erving era diferente al resto; él cuestionaba todo lo que había a su alrededor, incluso su propia vida, y no creía nada que no saliera de un estudio propio, así que allí estaba el loco del sótano, trabajando en su proyecto.

Había descubierto e inventado muchos otros artilugios antes, pero este era el que le robaba el sueño y el hambre. Llevaba cinco años sumido en el proyecto, más que en cualquier otro, y todavía no había acabado.

No era más que una caja, una gran caja de metal que contenía una esfera dentro en la que se creaba el vacío. Una gran fuente de electricidad de veintiún millones de voltios que se formaba en el interior haría el resto: se creaba un pequeño campo gravitacional dentro de la esfera y un agujero de gusano del tamaño de una aceituna en el que cabía el edificio le permitiría doblegar el tiempo y orbitar alrededor de la galaxia yendo hacia lo que creía que era el espacio atemporal. No sabía si podría viajar al pasado ni lo que verían sus ojos, tampoco lo que sentiría su cuerpo, y eso le inquietaba. Había metido una paloma en el agujero tres años atrás y jamás la había vuelto a ver.

Él seguía haciendo cálculos mientras miraba cada dos por tres el agujero para ver si a la paloma le daba por volver, pero una vez salida de este mundo, ¿para qué volver?

—No es más que un animal, se guía por instinto, y no creo que al instinto de ningún animal le dé por regresar a este mundo una vez habiendo escapado de él —pensaba; por otra parte, según sus cálculos, la paloma llevaba perdida en el tiempo unos treinta segundos.

Todo partía de una cosechadora casera, una cosechadora electromagnética que conducía y almacenaba las ondas de radio, térmicas y de energía estática. Cosechaba esa energía electromagnética de la atmósfera terrestre y la convertía en electricidad, en veintiún millones de voltios.

Era una lata con dos bobinas, un alambre de cobre y una cuchara sopera. Esto le hacía tener energía ilimitada.

—Todo lo que nos rodea está cargado de energía —decía Erving—: el agua, la arena, el viento, el aire, el cielo, las plantas, las flores, las piedras… incluso el oxígeno que respiramos.

Le obsesionaba convertir esa energía potencial en cinética y lo estaba consiguiendo. Tenía un multiplicador de energía conectado a la cosechadora: ni siquiera tenía que usar el sol, el viento o el agua, le bastaba con la energía que flotaba en la atmósfera. Funcionaba por medio de un dínamo, una cadena y dos imanes.

También tenía un cronovisor: un aparato con el que podía ver y oír el universo. Era capaz de capturar imágenes y sonidos del tiempo pasado y escuchar sonidos extraterrestres en tiempo real, pero no sabía descifrarlos por el momento; tampoco sabía cómo capturar imágenes o sonidos del futuro: estaba intentando fusionar los dos inventos para poder acceder a imágenes del futuro y viajar al pasado, pero no era una tarea fácil, ni siquiera para él.

Decía que todo giraba en torno al electromagnetismo y los hidrocarburos. Una vez creó un gran arcoíris de luz, con dos litros de agua, que atravesaba todo el ecuador y pudo verse en medio mundo, pero nadie sabía de dónde venía, solo el profesor, y los americanos.

El profesor tenía miedo a los americanos: sabía que seguían sus pasos de cerca; había visto espías rondando por su calle y tomando fotos, los había visto en el cronovisor. El profesor en cierto modo les llevaba ventaja.

Todos sus aparatos estaban dotados de un botón de autodestrucción, todos menos la máquina del tiempo, que era imposible de destruir. Su obsesión, aparte de viajar en el tiempo, era tomar imágenes del futuro para ver si vendrían a quitarle la máquina, pero no había hallado el algoritmo, todavía; seguía intentándolo mientras se alimentaba de barritas de cereales de veinticinco centavos. El poco dinero que tenía lo invertía en sus proyectos y apenas le alcanzaba para alimentarse o comprar artículos de primera necesidad. Llevaba años sin cortarse el pelo y sin asearse con jabón, pero había conseguido no depender de la compañía eléctrica.

Iba a conferencias a exponer algunos de los inventos que había patentado ante la comunidad de físicos. Se llevaba mal con todos: en realidad le odiaban y le tenían envidia a partes iguales.

Tenía teorías propias sobre las que trabajaba y también las exponía en las conferencias:

—El universo no es una línea recta, sino un círculo, por lo que la vida se repite infinitamente. El pasado, presente y futuro concurren a la vez, sin que ninguno de los tres sea distinto al otro. Realmente todo está pasando, todo es presente en algún punto del círculo. Todo se repite sucesivamente: usted, por ejemplo, tiene setenta y un años, setenta, sesenta y nueve, sesenta y nueve y un segundo, sesenta y nueve y un nanosegundo, sesenta y nueve y una mil millonésima de un nanosegundo… y así sucesivamente.

Los físicos quedaban asombrados, perplejos y sumergidos en un mar entre la incredulidad y el pánico. También tenía otras teorías que no provocaban la misma reacción, como la de que había una energía invisible que flotaba por el aire a la que la gente llamaba amor.

—El amor es energía, la energía es amor; dicho de otra manera: el amor no existe, son ondas de energía que vibran en la misma frecuencia.
—¿Y por qué siento amor hacia mi perro? —preguntó alguien en la conferencia.
—Porque él se pone a su frecuencia.
—¿Y yo no puedo?
—No, los humanos comunes solo pueden sentir esas ondas de alguien que ya esté en su frecuencia.

Los físicos se miraban entre risas e incredulidad intentando averiguar si se trataba de algún tipo de mensaje en clave, pero el profesor hablaba en serio, estaba realmente convencido: 

—Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, que la electricidad, que la energía atómica y la voluntad: la energía estática de la atmósfera de la tierra; lo siento, Albert. Además, la energía tiende a crecer y multiplicarse por sí sola, es el ser humano quien la cohíbe.

Más risas y más caras de sorpresa, todos pensaban que Erving estaba loco, aunque por otra parte la mayoría sabía que los grandes genios siempre lo están.

Él continuaba con su discurso y la comunidad de físicos continuaba estallando en risas. Las carcajadas eran ahora más sonoras, algunos físicos estaban incluso revolcándose por el suelo, literalmente. El profesor acababa siempre indignado y marchándose antes de tiempo de las conferencias:

—Malditos estúpidos ignorantes, no pueden ver más allá de lo que otros quieren que vean. El mundo es ciego.

Volvía a su casa y seguía dándole vueltas al asunto mientras contemplaba su caja, maravillado:

—¿Me llevarás al pasado, maldita puta? —le preguntaba a la caja mientras se comía los dedos. Ya no le quedaban uñas y se mordía la carne de los dedos, los tenía llenos de sangre y de padrastros.

Sus inventos más importantes estaban en la misma habitación. Tenía la cosechadora conectada al multiplicador y ambos conectados a la máquina del tiempo. El cronovisor estaba aparte, al fondo, encima de una mesa, aunque también tenía que cargarlo de energía para poder ver algo.

Nunca veía la televisión ni escuchaba la radio, excepto cuando hablaban de él. Se dedicaba a ver el pasado en el cronovisor: los extraterrestres viniendo al antiguo Egipto y ayudando al ser humano a construir las pirámides y a tallar jeroglíficos; la huida de Hitler en submarino a la Argentina en 1945, escoltado por los americanos; o la extinción de los dinosaurios a causa de un sobrecalentamiento causado por un exceso de energía electromagnética mal controlada, este era su favorito.

También veía el presente: banqueros judíos repartiéndose las riquezas generadas por el derramamiento de sangre en las guerras de Oriente próximo, agentes de la CIA negociando con cárteles de la droga qué porcentaje dejan pasar al país y a cambio de qué, o a su vecina Mery en la ducha, este era también su favorito.

Solo le quedaba hallar un algoritmo, un pequeño cálculo para saber si podía viajar hacia el pasado y lo más importante, saber si podría volver. Pero lejos de todo cálculo lo descubrió mirando al cielo, contemplando las estrellas: dedujo que si la estrella que estaba mirando podía llevar muerta millones de años y la paloma iba en dirección contraria a la Estrella, todo era pasado y todo era futuro, el presente no existía.

Se había equivocado, había considerado al presente como real todo este tiempo, pero lo cierto es que no existía, solo existían pasado y futuro. Confirmó su teoría parándose a pensar un segundo: cuando había comenzado a pensar era pasado y ese margen de tiempo se había esfumado, y cuando su cerebro estaba pensando en la idea lo que estaba haciendo era sacar conclusiones del futuro; el presente siempre se perdía en el espacio temporal, por lo tanto no existía.

Cuando quería pensar en el presente ya no existía y ya había pasado o en todo caso estaba a punto de ocurrir. Era una milmillonésima parte del futuro o una billonésima parte del pasado lo que realmente estaba ocurriendo; no todo era presente en algún punto, sino al revés.

Erving abrió la caja, que estaba cargada de energía y tocó la esfera: se formaron ondas, ondas infinitas que morían y volvían a nacer formando las mismas ondas, con los mismos movimientos. Dentro, el agujero con tamaño de aceituna. Erving metió un dedo y luego la mano, después el brazo hasta el codo. Hacía frío allí fuera, el espacio era un lugar gélido; decidió ponerse chaqueta, gorro y guantes antes de meter la cabeza.

Una presión lo engulló, su mente se separó de su cuerpo por unos instantes en los que le pareció estar soñando, o muriendo. Finalmente abrió de nuevo los ojos en un gran túnel negro en forma de espiral rodeado de ondas y estrellas que le aportaban luz, fue como renacer. La paloma volaba frente a él, a una velocidad irrisoria; en realidad ni se movía, pero batía sus alas a cámara lenta. Hacia él venía un hombre caminando, a paso muy lento.

Miró hacia abajo y no había suelo, estaba flotando en la nada existencial. Debajo, todo el mundo a sus pies, desde el mismo momento de la creación hasta el fin de los días de todo ser vivo a causa de la destrucción de la tierra.

Podía moverse hacia dónde quisiera, ya no necesitaba el cronovisor; podía ver a los dinosaurios, a Hitler y a Keops trabajando codo a codo con los extraterrestres en el mismo espacio de tiempo; también podía ver robots con conciencia destruyendo al ser humano por haber destruido a todo animal y planta que se había cruzado en su camino y al sol derritiendo los cuerpos metálicos de esos mismos robots, pero miraba de nuevo al frente y la paloma seguía aleteando sus alas, sin moverse del sitio: se movían las ondas a su alrededor, desapareciendo y formando ondas nuevas. El hombre, sin embargo, ya había llegado junto a él. Era él, era el profesor Erving. Se quedaron los dos mirándose.

—¿Qué haces aquí? —preguntó el hombre que se había acercado.
—¿Qué haces tú aquí? —respondió el que había entrado en el agujero.
—Ya lo sabes. ¿Cuándo has llegado?
—Ahora mismo, ¿y tú?
—Ahora mismo, también. Funcionó el asunto, ¿eh?
—Eso parece. ¿Quién creó la máquina, tú o yo?
—Nunca lo sabremos.

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