EL REY VIKINGO

Días de fortaleza —días en los que el éter vuela para ti—, días de fusión con la tierra y días de soledad, días de calma y de reconexión; el subconsciente se apodera de la memoria.

Días de insomnio y de inquietud: el alma quiere salir del cuerpo. Una bruja llama a tu puerta, un búho vigila mientras duermes, alguien o algo piensa por ti.

El día de la voluntad de los hombres, el miedo no puede sobrevivir entre la voluntad. El miedo es un conejo que se mete en la madriguera del topo, el topo es soledad y silencio y paz… que los rayos de luz no iluminen mis tinieblas: —la oscuridad es mi paz, el silencio es mi paz, la soledad es mi mundo—.

La soledad es fortaleza y un marinero agarrado a una vela izada en una oscura noche de tormenta. El marinero que se duerme en un mar en calma llega a puerto sin saber cómo ha llegado, luego no sabrá volver; la tormenta lo mantiene alerta, la oscuridad agudiza la visión, afina el oído: las olas rompen en cubierta y el suelo resbala; el marinero viaja solo, quiere descubrir nuevos continentes.

El cielo llora y los mares rugen, los astros se alinean: es el solsticio de verano. Las brujas protegen la embarcación, la Virgen de Guadalupe se pone contenta: 21 de junio, día de año nuevo, el día más largo del año, el primer día del resto de su vida.

Las brujas rondan los poblados buscando a los valientes para protegerlos, la protección es para quien no sabe protegerse a sí mismo, para quien no sabe que se tiene que proteger, ni de qué.

La luz del fuego guía a los guerreros y la luz de las estrellas guía al marinero, las estrellas son el fuego de los cielos; la guerra del marinero no es el mar, no hay batallas en el mar, sino justicia.

Los débiles deben morir y no pueden permanecer en el mar; deben morir y ser alimento para sus fondos: miles de especies carroñeras los esperan; el ciclo de lo eterno, ¿cómo nacerán valientes si no mueren los débiles?, ¿de qué se alimentarán los cangrejos?

Las nubes oscuras son pausa y augurio de tempestad… aunque se hayan ido pueden volver en cualquier momento —un marinero experto lo sabe—.
Un marinero se hace experto por las horas que pasa en el mar, no por pescar ni por remar. Lejos de tierra los marineros crecen, lejos de todo, en medio de la nada, descubren quiénes son: polvo de estrellas hecho carne.

Marineros mancos indicaron dónde estaba el Kraken y marineros cojos lo pescaron; todos ellos eran grandes, habían crecido más que sus miserables cuerpos y ya no cabían en ellos. También eran viejos, no se dejaban llevar por las emociones.

Vikingos de largas barbas asaltan los poblados, reparten amapolas a los hombres y claveles negros a las damas. Ellos fuman opio y se alimentan de hongos, no beben cerveza —beben su propia orina—. Rezan a dioses antiguos e invocan a sus ancestros los días de luna llena. Bailan entre la niebla y de la penumbra nace la luz, comen carne de caza y usan los huesos para rituales. Son druidas y hechiceros, guerreros y exploradores. Conocen a sus antepasados: el árbol genealógico acaba en un dios extraterrestre.

La gente de la meseta prepara enormes ollas de carne con champiñones, los vikingos están a punto de llegar: alguien ocultó a sus dioses en el pasado, mas no traen sed de venganza, ellos saben que sus dioses siguen vivos, en algún lugar; llevan sus espadas afiladas, lanzas y escudos, hachas y martillos.

Un buen vikingo no sale desarmado de casa, sabe que el mundo es hostil: armados van a las fiestas y armados a ceremonias, todos menos los druidas, ellos portan calderos, hierbas y pócimas.

El marinero busca las tierras del norte, allí donde nacen los vikingos; él también está buscando a sus antepasados, aunque todavía no lo sabe: es un vikingo que nació lejos, perdido entre el hombre civilizado.

El hombre civilizado es el más primitivo, el mar es sabio y le hará atracar allí donde hace frío, allí donde el viento es gélido y la niebla espesa, hogar de tierras vikingas. No tiene prisa, hace mucho tiempo que se rompió la aguja de su reloj y ahora disfruta de cada amanecer y de cada anochecer, y se pierde en todos los atardeceres.

Los druidas preparan brebajes en grandes ollas de barro, en el espesor de la primera capa puede leerse el futuro: la reencarnación de Lugh está al llegar, la flor de Udumbara está creciendo en la roca. La energía de la luna es cada vez más fuerte, la sangre roja de los vikingos eleva sus frecuencias: la hora está próxima.

Las grandes olas azotan la barca y mojan la cubierta, el marinero está empapado bajo la fría y oscura noche, atrapado en la oscuridad del mar; solo la luna le alumbra, una hoguera natural que no calienta más que su corazón.

El frío es ficticio, y él bien lo sabe; si está caliente su corazón bombeará caliente la sangre a sus venas. Sigue agarrado a la vela, dejándose llevar por el mar. El mar es sabio, y también lo sabe: hace mucho tiempo que no tiene decisión propia, hace mucho tiempo que la naturaleza decide por él.

Cada vez menos cuerdo, cada vez más libre. El mar es libertad, la soledad equilibrio. Hay un punto de la transición en la que se cree morir, y un poco más tarde se cae el velo y la máscara, el telón y la falsedad: es una divina comedia, un espectáculo digno solo de dioses y animales; siéntete privilegiado, marinero.

La flor de loto crece en la barca, un diamante, una perla, un tesoro egipcio, la daga de Loki desclavada del corazón, un vikingo más que ha sido liberado. Todavía no sabe que es un vikingo; pero sabe que no es un hombre corriente. Sí, eso era, un vikingo, un discípulo de Dionisio, un santo, un sabio, un asesino de predicadores, algo más que un hombre, el final de un puente, una lanza y un deseo.

Los poblados se han vuelto paganos, las iglesias han ardido, alguien había matado a Dios, el crimen más justo de la historia. El asesino sería exculpado, eso si lo encontraban entre las altas montañas, entre la niebla y el caos, por encima de donde llueve y de donde nieva, a seis mil pies de altura.

Por encima de las nubes vivía él, allí dónde viven los locos, donde los dedos no podían señalarle: era el que llevaba sobre sus espaldas el destino de la humanidad, el pastor que deja la puerta del cortijo abierta para que las masas arrasen y cojan sus fortunas, el ya rico por naturaleza, el que quiere que tomen y roben sus frutos divinos; el que ve como el primero que entra es más rico que él, y el siguiente más rico que el primero; el que entra con otro cuerpo y a sí mismo se ve esperando, y a sí mismo se roba y a sí mismo se toma. En el trono de Dios estaba sentado, con las manos todavía manchadas de sangre y la conciencia tranquila. Desde allí podía ver la balsa con nitidez.

Ya no había fuerzas para tenerse en pie, ya no había ojos para avistar la orilla; el tripulante yacía en el suelo, derrotado, enfermo, rendido; el temporal había amainado y el sol estaba saliendo, pero cegaba sus débiles ojos: era demasiada luz para un cuerpo tan endeble, para unos ojos tan tristes.

Estaba acostumbrado a la oscuridad de la noche y pensó que en ella iba a morir, pero llegó al poblado, al amanecer.

La barca se arrastró por la arena hasta llegar a los pies de un druida.

—Ha llegado —fueron sus palabras, y los vikingos alzaron la barca a peso para llevarla junto al fuego.

El poblado estaba de luto, había muerto el rey vikingo esa misma tarde y estaban honrando su muerte. Entre penas y risas, entre cánticos y llantos llegó el naúfrago al atardecer: se parecía al rey, tenía las mismas barbas rubias con destellos dorados y de color de fuego, los mismos ojos color de cielo y la misma melena larga y desaliñada; los vikingos estaban consternados, el drakkar con el rey había partido hacía poco, por esa misma playa.

Esto otro no era un drakkar, sino una barca de madera mohosa, y el hombre no llevaba casi ninguna pertenencia consigo: apenas llevaba ropa.

El rey se había ido con sus mejores galas: oro, runas y vino, envuelto en llamas entre la niebla, y este otro había venido con hierbajos, piedras y una cantimplora, lleno de sal y mojado por la llovizna.

El silencio reinó en el poblado, todo el mundo sabía lo que estaba pasando: el rey había vuelto.

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